Historias
Ayer, recordando algunos de mis momentos sentimentales más desastrosos, recordé algo que me pasó y que casi había olvidado. Era el año 2002 y yo vivía en Madrid en esa época y salía desde hacía unos 3 meses con el que ha sido el tío que más se acerca a mi hombre "ideal" físicamente hablando; alto, fuerte, moreno y con una gran... "personalidad". El caso es que, a pesar de las ganas que le puso al principio y lo mucho que se lo curró para que empezaramos a salir, al cabo de un par de meses comenzó a "olvidar" que yo estaba a su lado y a pasar bastante de mí.
Habíamos ido con un grupo de amigos suyos (insoportables en general) a los carnavales de Cádiz y el fin de semana estaba siendo horrible, me pasé todo el día siguiendo las instrucciones de la cabecilla del grupo a la que mi querido novio obedecía sin rechistar y sin hacer el menor caso a mis sugerencias, la verdad es que se estaba poniendo un poco borde. Así que llegó un momento en que me harté y me fuí, le dije que pasaba y que me iba a coger el tren de vuelta a casa, yo sola. Él no trató de impedirlo.
Llegué a la estación llorando como una magdalena y preguntándome qué coño le pasaba a los hombres para comportarse así. Me senté en unas escaleras y por más que lo intentaba no podía parar de llorar, las lágrimas corrían por mis mejillas a raudales mientras esperaba el primer tren de vuelta.
Y en esas estaba cuando veo que se acerca una monjita muy mayor, muy gorda, con una cara rechoncha y bonachona (a pesar del mal rollo que siempre me han dado las monjas). La pobre era tan mayor y estaba tan gorda que apenas podía andar, y no digamos sentarse en el suelo conmigo. Sin embargo, se me acercó mientras yo seguía llorando como una tonta, me sonrió, y con mucho trabajo se sentó a mi lado en las escaleras y me cogió la mano. Apenas me dijo nada, simplemente me acompañó mientras lloraba y me hizo sentir que todo iba a ir bien. No me preguntó nada pero su sonrisa estaba llena de comprensión.
Al rato, bastante después, llegó mi novio quien se había dado cuenta de lo desconsiderado de su comportamiento, la monjita lo vio, me sonrió, se levantó con mucho trabajito y se fue a seguir esperando el autobús.
Nunca alguien extraño (¡y monja!) me hizo tanto bien justo cuando más lo necesitaba.
Habíamos ido con un grupo de amigos suyos (insoportables en general) a los carnavales de Cádiz y el fin de semana estaba siendo horrible, me pasé todo el día siguiendo las instrucciones de la cabecilla del grupo a la que mi querido novio obedecía sin rechistar y sin hacer el menor caso a mis sugerencias, la verdad es que se estaba poniendo un poco borde. Así que llegó un momento en que me harté y me fuí, le dije que pasaba y que me iba a coger el tren de vuelta a casa, yo sola. Él no trató de impedirlo.
Llegué a la estación llorando como una magdalena y preguntándome qué coño le pasaba a los hombres para comportarse así. Me senté en unas escaleras y por más que lo intentaba no podía parar de llorar, las lágrimas corrían por mis mejillas a raudales mientras esperaba el primer tren de vuelta.
Y en esas estaba cuando veo que se acerca una monjita muy mayor, muy gorda, con una cara rechoncha y bonachona (a pesar del mal rollo que siempre me han dado las monjas). La pobre era tan mayor y estaba tan gorda que apenas podía andar, y no digamos sentarse en el suelo conmigo. Sin embargo, se me acercó mientras yo seguía llorando como una tonta, me sonrió, y con mucho trabajo se sentó a mi lado en las escaleras y me cogió la mano. Apenas me dijo nada, simplemente me acompañó mientras lloraba y me hizo sentir que todo iba a ir bien. No me preguntó nada pero su sonrisa estaba llena de comprensión.
Al rato, bastante después, llegó mi novio quien se había dado cuenta de lo desconsiderado de su comportamiento, la monjita lo vio, me sonrió, se levantó con mucho trabajito y se fue a seguir esperando el autobús.
Nunca alguien extraño (¡y monja!) me hizo tanto bien justo cuando más lo necesitaba.


